14 de febrero. LAS PRIMERAS PÁGINAS DE LA NOVELA
La hiena cerró las fauces a apenas dos centímetros de su brazo. El bocado al aire resonó como un enorme cepo al cerrarse. Hector rodó por el suelo para escapar de la feroz acometida, tomó impulso y saltó al frente, espada en mano. No fue un ataque ni preciso ni elegante, pero la hiena recibió un soberbio golpe con la hoja plana del arma en el hocico y retrocedió, sin dejar de gruñir. Largas hilachas de baba caían entre sus colmillos retorcidos.
Una segunda hiena lo atacó desde la izquierda. Marco se interpuso en su trayectoria y la detuvo con un golpe de escudo tan violento que la hizo volar a varios metros de distancia. El alemán resopló y lo miró, jadeante.
—¿Todo bien? —preguntó.
Él asintió y se lanzó hacia la primera hiena justo cuando ésta cargaba otra vez. La espada se hundió en el costado derecho del animal. No fue un tajo muy profundo, pero sirvió para que la fiera volviera grupas y huyera, llevándose entre los dientes una larga tira del blusón de Hector. El joven resopló al verla, bajó la vista y comprobó que le había desgarrado la blusa a la altura del vientre. Debía de haberlo alcanzado en su última embestida. Había estado tan pendiente de atacar que había descuidado la defensa. Tenía suerte de que sólo le hubiera rasgado la ropa.
Miró a su alrededor, preparado para repeler otro ataque, aunque en aquel instante estaba en una zona de calma. Ricardo, Marco y Natalia eran quienes llevaban el peso de la refriega unos metros más adelante, justo frente a las puertas del corral de donde surgían la mayor parte de las hienas. Por el momento, los tres se bastaban y sobraban para contenerlas. Natalia y Ricardo habían mejorado muchísimo en las últimas semanas; el manejo de alabarda del que hacía gala la rusa era impresionante, y Ricardo no se quedaba atrás con la espada. Pero Marco los superaba a todos con creces. Sus movimientos eran tan fluidos y ágiles que en comparación el resto parecía congelado. Con cada uno de sus golpes, un animal caía. Y eran pocos los que volvían a levantarse.
Estaban luchando en los sótanos de un pequeño anfiteatro situado a medio camino entre el torreón Margalar y los acantilados del este. Llevaban una semana explorando aquella zona y en todo ese tiempo no había pasado un solo día sin que las hienas los hostigaran. Lo habían hecho siempre en pequeños grupos y a decir verdad no habían tenido demasiados problemas en repelerlas, pero la persistencia de sus ataques había sido tal que en esta última ocasión habían decidido ir tras ellas. Lo que no esperaban era encontrar tantas. El anfiteatro hasta donde las habían perseguido se hallaba prácticamente infestado de esas criaturas. A Hector no le extrañó la densa niebla negra que rodeaba la zona.
Marina estaba ahora a su espalda. Giraba despacio sobre sí misma, intentando cubrir todos los flancos a un mismo tiempo. En el suelo yacían cinco animales abatidos por sus flechas. De pronto, tras un bloque de piedra desgajado del muro surgió otra hiena. Enfiló directa hacia ellos, con la cabeza gacha y gruñendo bajo. La chica tuvo que disparar dos veces para derribarla. La primera flecha se perdió alta, pero la segunda le atravesó con limpieza la garganta; el animal dio un vuelco en plena carrera, cayó de costado y quedó inmóvil tras deslizarse unos metros por el suelo. Marina puso un nuevo proyectil en el arco y retrocedió dos pasos para subirse a la base de una columna truncada.
