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14 de febrero. LAS PRIMERAS PÁGINAS DE LA NOVELA

Moderadores: DamaGato, Chireadan, Lupin, Denéstor

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Denéstor

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Nota 14 Feb 2010, 15:35

14 de febrero. LAS PRIMERAS PÁGINAS DE LA NOVELA

CINCO SEMANAS DESPUÉS


La hiena cerró las fauces a apenas dos centímetros de su brazo. El bocado al aire resonó como un enorme cepo al cerrarse. Hector rodó por el suelo para escapar de la feroz acometida, tomó impulso y saltó al frente, espada en mano. No fue un ataque ni preciso ni elegante, pero la hiena recibió un soberbio golpe con la hoja plana del arma en el hocico y retrocedió, sin dejar de gruñir. Largas hilachas de baba caían entre sus colmillos retorcidos.

Una segunda hiena lo atacó desde la izquierda. Marco se interpuso en su trayectoria y la detuvo con un golpe de escudo tan violento que la hizo volar a varios metros de distancia. El alemán resopló y lo miró, jadeante.

—¿Todo bien? —preguntó.

Él asintió y se lanzó hacia la primera hiena justo cuando ésta cargaba otra vez. La espada se hundió en el costado derecho del animal. No fue un tajo muy profundo, pero sirvió para que la fiera volviera grupas y huyera, llevándose entre los dientes una larga tira del blusón de Hector. El joven resopló al verla, bajó la vista y comprobó que le había desgarrado la blusa a la altura del vientre. Debía de haberlo alcanzado en su última embestida. Había estado tan pendiente de atacar que había descuidado la defensa. Tenía suerte de que sólo le hubiera rasgado la ropa.
Miró a su alrededor, preparado para repeler otro ataque, aunque en aquel instante estaba en una zona de calma. Ricardo, Marco y Natalia eran quienes llevaban el peso de la refriega unos metros más adelante, justo frente a las puertas del corral de donde surgían la mayor parte de las hienas. Por el momento, los tres se bastaban y sobraban para contenerlas. Natalia y Ricardo habían mejorado muchísimo en las últimas semanas; el manejo de alabarda del que hacía gala la rusa era impresionante, y Ricardo no se quedaba atrás con la espada. Pero Marco los superaba a todos con creces. Sus movimientos eran tan fluidos y ágiles que en comparación el resto parecía congelado. Con cada uno de sus golpes, un animal caía. Y eran pocos los que volvían a levantarse.

Estaban luchando en los sótanos de un pequeño anfiteatro situado a medio camino entre el torreón Margalar y los acantilados del este. Llevaban una semana explorando aquella zona y en todo ese tiempo no había pasado un solo día sin que las hienas los hostigaran. Lo habían hecho siempre en pequeños grupos y a decir verdad no habían tenido demasiados problemas en repelerlas, pero la persistencia de sus ataques había sido tal que en esta última ocasión habían decidido ir tras ellas. Lo que no esperaban era encontrar tantas. El anfiteatro hasta donde las habían perseguido se hallaba prácticamente infestado de esas criaturas. A Hector no le extrañó la densa niebla negra que rodeaba la zona.

Marina estaba ahora a su espalda. Giraba despacio sobre sí misma, intentando cubrir todos los flancos a un mismo tiempo. En el suelo yacían cinco animales abatidos por sus flechas. De pronto, tras un bloque de piedra desgajado del muro surgió otra hiena. Enfiló directa hacia ellos, con la cabeza gacha y gruñendo bajo. La chica tuvo que disparar dos veces para derribarla. La primera flecha se perdió alta, pero la segunda le atravesó con limpieza la garganta; el animal dio un vuelco en plena carrera, cayó de costado y quedó inmóvil tras deslizarse unos metros por el suelo. Marina puso un nuevo proyectil en el arco y retrocedió dos pasos para subirse a la base de una columna truncada.
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Denéstor

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Nota 14 Feb 2010, 15:36

Re: 14 de febrero. LAS PRIMERAS PÁGINAS DE LA NOVELA

Un poco más retrasados se encontraban Bruno, Rachel y Lizbeth. Esta última apartaba la mirada cada dos por tres, horrorizada por la lucha; Rachel, en cambio, no hacía otra cosa que reír y jalear a sus compañeros. Hector sabía que de haber podido se hubiera sumado de buen grado a la pelea. Bruno estaba un paso por delante de ellas. En la mano derecha enarbolaba un báculo de madera verde acabado en una especie de diminuta pajarera, mientras mantenía la izquierda dentro del hatillo que le colgaba al costado; el italiano debía de haber gastado toda la energía de los colgantes y anillos que llevaba puestos y no le quedaba más remedio que recurrir a los talismanes de reserva. Había siete hienas paralizadas en el camino que iba desde la puerta hasta donde se encontraban, rodeadas todas de una fina película viscosa. Una estaba congelada en pleno salto; flotaba en el aire con las fauces abiertas y la pata izquierda estirada hacia delante. Bruno jadeaba y Hector, al comprender que estaba al límite de sus fuerzas, hizo una seña a Marina para que se acercara al grupo de retaguardia, más necesitado de protección que los otros.

En ese momento se escuchó un penetrante silbido en el sótano. Las hienas levantaron la cabeza al unísono y al unísono retrocedieron. El silbido se repitió otra vez. Y una tercera. A continuación llegó a sus oídos una voz frenética que parecía proceder del subsuelo.

—¡No! ¡No! ¡Piedad! ¡Por favor! ¡No! —una trampilla se abrió entre dos corrales, y de ella emergió un hombre esquelético, de melena rubia y barba enmarañada, agitando los brazos sin cesar sobre la cabeza. Iba vestido con una pelliza larga y negra y unos calzones de piel. De una cadena alrededor de su cuello colgaba un silbato de madera—. ¡Parad! ¡Parad! ¡No! ¡No más daño! ¡No! ¡Por favor! ¡No!

Marina apuntó al desconocido con su arco.

—¡Quietos! —exclamó Marco. Un nutrido grupo de hienas se había interpuesto entre el recién llegado y ellos.

El hombre estaba llorando. Se arrodilló a los pies de una hiena muerta, hipando y gimiendo desesperado. Era imposible adivinar su edad.

—¡Asesinos! ¡Asesinos! —gritaba. Tomó la faz desencajada de la criatura y la acunó entre sus manos plagadas de cicatrices y mordiscos mal curados—. ¡Niños crueles y asesinos! ¡Monstruos!

—¿Son tuyos? ¿Estos bichos son tuyos? —le preguntó Ricardo. Se aproximó hacia él, blandiendo amenazador la espada. Hector pudo ver que su amigo tenía una manga desgarrada y bañada en sangre. Estaba herido, pero o no se había dado cuenta o no le importaba.

El hombre abrió los ojos de par en par al verlo aproximarse. Las hienas permanecieron firmes en torno a él, gruñendo y mordiendo el aire, decididas a atacar si Ricardo daba un paso más. Mistral se apresuró a detenerlo. Le tomó del brazo y tiró sin contemplaciones de él hacia atrás. El cambiante conocía al hombrecillo que sollozaba con la hiena muerta en brazos y no quería que le hicieran daño. Era Caleb, el hijo del difunto cuidador del anfiteatro. Había nacido poco después del final de la guerra y siempre había estado loco. Para él aquellas criaturas lo eran todo.

—Tranquilo, Ricardo —dijo—. El tipo parece inofensivo.

—¿Qué? —lo miró perplejo—. ¿Inofensivo? ¿No lo has visto? ¡Esas cosas lo obedecen! ¡Él ha debido de azuzarlas contra nosotros!

—¿Y qué vas a hacer? ¿Matarlo?

La expresión de perplejidad de Ricardo aumentó todavía más. Bajó la mirada hacia la espada ensangrentada que empuñaba y sacudió la cabeza.

—¡No! ¡Caleb no orden! ¡No atacar! —aseguró el hombre postrado. Miró a Marco con lágrimas en los ojos, casi suplicando—. Las más jóvenes salen, cazan, vuelven… ¡No atacar! ¡Juegan fuera! ¡Sólo juegan! —dejó caer el cuerpo sin vida para abrazarse al lomo encrespado de una de las criaturas que lo protegían.

Hector se estremeció. Era cierto que la mayor parte de las hienas que los habían atacado fuera no eran tan grandes como las que les habían hecho frente en el sótano. ¿Acaso habían cometido un error?

—¿Puedes controlarlas? —preguntó Marco—. ¿Puedes evitar que nos ataquen?

Caleb asintió como un poseso. Sus enormes ojos azules eran la única parte del rostro que quedaba a la vista entre la confusa maraña de pelo que formaban su melena y su barba.

—Si ellas salen, yo salgo con ellas. Caleb promete y jura. No más ataques —les aseguró—. Caleb cuidará bien. Caleb cuidará. Por favor, por favor… No maten a Caleb… No maten a sus niños…

—Dejadme hablar con él —pidió Bruno.

—Es sólo un idiota —le advirtió Ricardo—. No le sacarás nada.

Los gruñidos de las hienas se redoblaron cuando el italiano se acercó a Caleb. Estaban por todas partes. Cerca de medio centenar se dispersaban por el lugar. Bruno se inclinó hacia el hombrecillo, que no dejaba de llorar. Las hienas gruñían a escasos centímetros de su rostro, pero él ni se inmutó.

—¿Sabes quiénes somos? —preguntó.

Caleb asintió. Le temblaba el labio inferior.

—La cosecha, los cachorros de Samhein. Buenos cachorros, buenos cachorros… No matan a Caleb. No hacen daño a sus niños. Piedad. Por favor. Piedad…
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Nota 14 Feb 2010, 15:36

Re: 14 de febrero. LAS PRIMERAS PÁGINAS DE LA NOVELA

—Si no contestas a mis preguntas, mataremos hasta al último de tus engendros. No dejaremos ninguno con vida. ¿Me comprendes? —la falta de expresividad de Bruno hacía aún más imponente su amenaza—. ¿Lo has entendido?

El rostro aterrorizado de Caleb fue suficiente respuesta.

—¿Sabes para qué nos han traído aquí? —preguntó entonces el italiano.

—Caleb no sabe nada —gimoteó—. Caleb sólo cuida a sus niños. Nadie habla con Caleb y Caleb no habla con nadie.

—Si me mientes…

—¡No es mentira! ¡Caleb dice verdad! ¡Promete y jura! Los cachorros de Samhein vienen y mueren rápido. Casi nunca los vemos. ¡No sabemos qué hacen, ni qué quieren! Sólo queremos que nos dejen en paz y que no nos hagan daño… —hipó. Volvió la vista hacia Marco, desesperado—. No nos hagan daño… Por favor… No nos hagan daño.

—¿Qué ocurre cuando sale la Luna Roja?

Aquel astro se había convertido en una obsesión para ellos. Si ver avanzar día a día la estrella de diez brazos rumbo al punto rojo de la esfera no les producía bastante ansiedad, a lo largo de sus idas y venidas por Rocavarancolia no habían hecho otra cosa que toparse con representaciones de esa luna. La encontraban en grabados y tapices, en escudos de armas, bordada en las alfombras… La Luna Roja estaba en todas partes. Un cuadro en particular en una mansión semiderruida le había puesto los pelos de punta a Hector; en él se apreciaba una multitud de criaturas extrañas postradas en terreno yermo, adorando a la inmensa luna escarlata que se alzaba sobre una ciudad que sólo podía ser Rocavarancolia.

Caleb negó con la cabeza, hipando y sollozando.

—No sé. No sé. No sé… Me escondo cuando sale la gran luna. Bajo a las catacumbas y me encierro durante días … La gran luna no es buena. No es buena. La ciudad tiembla. Los animales gritan. Y yo grito con ellos y tengo tanto miedo…

—Es inútil, Bruno —dijo Marina—. Déjale en paz. No sabe nada. Lo único que haces es asustarlo.

El italiano asintió, se giró y retrocedió un paso.

—Enciérralas —ordenó a Caleb.

El hombre se levantó a trompicones, sin dejar de asentir una y otra vez. Se llevó el silbato a los labios y lo hizo sonar varias veces. Las hienas fueron entrando en el corral, sin apartar la vista de ellos.
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Denéstor

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Nota 14 Feb 2010, 15:36

Re: 14 de febrero. LAS PRIMERAS PÁGINAS DE LA NOVELA

Hector miró a su alrededor. El olor a bestia encerrada y a humedad era sofocante. Tres corrales ocupaban la curva interna del sótano, cada uno con cercas de madera de distinta altura y grosor, y un sinfín de jaulas se apilaba contra las paredes. Entre las columnas se veían los restos de lo que parecían ser unos primitivos ascensores y varias trampillas más, idénticas a la que había usado el tal Caleb. Las paredes estaban cubiertas de mosaicos; la mayor parte de sus piezas había desaparecido, pero uno de ellos se conservaba en buenas condiciones; en él se podía ver a un impresionante guerrero de armadura oscura, escoltado por varias hienas cubiertas por corazas y yelmos puntiagudos. El guerrero empuñaba en la mano izquierda una cimitarra y en la derecha el extremo del ramillete de cadenas que sujetaban a las bestias.

—¿Estáis todos bien? —preguntó Marco una vez las hienas quedaron encerradas en los corrales.

Asintieron todos excepto Ricardo, que dio un paso al frente mientras se llevaba una mano al brazo herido sin llegar a tocarlo.

—Una de ellas me lanzó un buen zarpazo. No lo vi venir.

Poco quedaba en Ricardo de la seguridad de antaño. Tras la muerte de Alexander, se había desatendido por completo del liderazgo del grupo, cediéndoselo en exclusiva a Marco. Aunque no lo había comentado abiertamente, Hector sabía que se sentía culpable por lo sucedido.

Bruno hizo que Ricardo se sentara y luego se acuclilló junto a él, con la mochila abierta a sus pies. Le retiró con cuidado la manga desgarrada para que la herida quedara al descubierto. Era bastante aparatosa: un arañazo profundo que iba desde el hombro hasta el codo. La sangre bañaba por completo el brazo. Ricardo resopló y miró hacia otro lado, lívido.

—¿Quieres que lo haga yo? —le preguntó Natalia a Bruno. Estaba apoyada en su alabarda.

El italiano negó con la cabeza y hurgó en la bolsa hasta dar con un talismán cargado. Sacó una larga cadena de hierro de la que pendía una figura de león labrada en bronce. La enroscó en su muñeca, echó hacia atrás la cabeza y comenzó a canturrear aquella lenta salmodia que tan bien empezaba a conocer Hector.

No había olvidado el escalofrío que le recorrió al ver a Bruno ejecutar ese hechizo por vez primera. Adrian yacía inmóvil en la cama, más muerto que vivo, con los ojos entrecerrados y aquella herida espantosa a la vista. Apenas respiraba. El italiano había recolectado todos los cristales mágicos cargados con los que contaban y, mientras los sujetaba en la mano izquierda, había comenzado a canturrear la misma letanía que cantaba ahora sin dejar de agitar la mano derecha. El hechizo surtió efecto al tercer intento. Una luz ambarina bañó ambas manos de Bruno antes de extenderse por el cuerpo del herido. Todos observaron asombrados cómo la herida del vientre se cerraba poco a poco, y cómo la carne púrpura y ennegrecida a su alrededor se iba sonrosando por momentos. Aquel proceso había durado varios minutos hasta que, de pronto, Adrian se incorporó en la cama con tal vigor y de manera tan repentina que los sobresaltó a todos. Tenía los ojos desorbitados.
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Denéstor

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Nota 14 Feb 2010, 15:37

Re: 14 de febrero. LAS PRIMERAS PÁGINAS DE LA NOVELA

—¡Los caballos! ¡Sacad los caballos! ¿No los oís? ¡¿No lo veis?! ¡Se queman! ¡Se están quemando! —gritó. Acto seguido se desplomó otra vez y la luz que lo rodeaba se disipó.

Curar a Adrian agotó considerablemente a Bruno. El joven respiraba con dificultad y estaba empapado de sudor. Cuando se puso en pie tuvieron que sujetarlo para que no cayera. Marina y Ricardo intentaron lanzar ese mismo sortilegio sobre Natalia, pero a pesar de seguir al pie de la letra las instrucciones del libro encontrado en la torre de hechicería, ninguno lo consiguió. Luego llegó el turno de Hector. Entonó lo mejor que pudo la salmodia mágica mientras realizaba los movimientos pertinentes, con un ojo puesto en el libro y el otro en Natalia. A mitad del sortilegio notó algo bullir en su interior, una corriente inexplicable que trataba de alcanzar las puntas de sus dedos. No lo logró; aquel fuego era débil y se extinguió a medio camino.

Al final no les quedó otro remedio que esperar a que Bruno se recuperara para que lanzara él el hechizo. Y nada más hacerlo, con aquella bruma ámbar bañando todavía el cuerpo de Natalia, el italiano cayó inconsciente. Tardó tanto en despertar que pensaron que algo malo le había sucedido. Sólo más tarde quedó claro que aquella extrema debilidad era un efecto secundario del uso de la magia. La hechicería resultaba más exigente y agotadora de lo que habían supuesto. Y como se demostró a lo largo de las jornadas siguientes, estaba fuera del alcance de la mayoría. De todos los que intentaron realizar algún hechizo, sólo lo logró Natalia.

La herida de Ricardo se fue cerrando a ojos vista. En unos instantes, el único rastro que quedó del zarpazo fue la sangre que manchaba su ropa. Se incorporó despacio. Bruno jadeó y se levantó también, débil, pero entero.

—¿Estás bien? —le preguntó Natalia.

—Unos minutos, dadme unos minutos para recuperar el aliento… —se quitó el amuleto de la mano y lo dejó caer en el saco.

—Cachorros de Samhein buenos. Buenos cachorros…—Caleb se había acuclillado junto a una hiena paralizada. Palmeó su lomo y miró a Hector con aire suplicante—. No dejarlas así, ¿verdad?

—No te preocupes, en un rato se recuperarán —le dijo. El hombrecillo seguía desolado—. Nos atacaron, ¿vale? Llevaban días haciéndolo, no puedes echarnos la culpa por defendernos…

Caleb se encogió de hombros y miró hacia el suelo.

—¿Puedo curar a las que están heridas? —le preguntó Natalia a Marco, observando a una hiena que gemía a las puertas de un corral, con los cuartos traseros empapados en sangre.
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Denéstor

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Nota 14 Feb 2010, 15:37

Re: 14 de febrero. LAS PRIMERAS PÁGINAS DE LA NOVELA

—¡Oh! —el rostro de Caleb se iluminó—. ¡Niña buena! ¡Preciosa niña! ¡Corazón y alma grande! —se incorporó a medias y se acercó casi de rodillas a Natalia. La tomó de una mano y se la llevó a la mejilla. La rusa hizo una mueca y la apartó de un tirón antes de que se la besara.

—Tú preocúpate de que no me muerdan —le advirtió.

—Unos minutos… —murmuró Bruno, sentado en el suelo todavía sin aliento—. Unos minutos y te ayudaré…

—Está bien —concedió Marco—. Pero curad sólo a las más graves. No vamos a arriesgarnos a que os agotéis. Mañana podemos regresar para curar a las demás…

—¡Cachorros benditos! —Caleb se arrastró ahora hasta Marco, que retrocedió para evitar que lo tocara—. ¡Cachorros buenos y santos!

—Si alguna me muerde… —le advirtió Natalia mientras agitaba la alabarda ante ella.

—No, Caleb promete y jura, no, no… —insistió—. No morderán, no, no…

Hector contempló con el ceño fruncido al extravagante hombrecillo que se arrodillaba una y otra vez en el suelo. No era el primer habitante con que se topaban en sus exploraciones. Sólo unos días antes se habían cruzado con un hombre enjuto de pelo rubio y lacio; llevaba un par de arpones cruzados a la espalda y un barril de buen tamaño en brazos y se había limitado a observarlos sin demasiada curiosidad y continuar su camino. Tenían claro que Rocavarancolia no estaba tan deshabitada como a simple vista podía parecer.

Natalia pudo curar a dos animales antes de agotar la energía de los talismanes y la suya propia. Quedaban otras cuatro hienas heridas aunque sólo una parecía de gravedad, con un considerable tajo en el vientre. Bruno se encargó de ella una vez se recuperó. Mientras tanto, el resto se dedicó a vagabundear por los sótanos, poniendo cuidado en no acercarse mucho a los corrales y sus ocupantes.

—Chicos… —les llamó Marina. Estaba junto a la hilera de jaulas y señalaba dentro de ellas—. Esto está lleno de trastos. Venid a verlos.

—Son mis cosas —se apresuró a decir Caleb aproximándose a grandes zancadas—. Cosas que encuentro y guardo. Nada valioso. Nada que pueda interesar a los cachorros de Samhein, seguro. Sólo cosas tontas.

El grupo se acercó a las jaulas. Eran doce, todas ellas repletas de los objetos más diversos: piezas de armadura, pedazos de muebles policromados, pequeñas esculturas, marcos de cuadros y ventanas, cristales de vidrieras… Hasta vieron un arpa de plata con las cuerdas rotas. El único elemento común en todas esas cosas era su enorme colorido. El tono predominante en Rocavarancolia era el gris de la piedra, pero en los objetos de aquellas jaulas quedaba claro que en el pasado en la ciudad había habido espacio para la luz y el color.
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Nota 14 Feb 2010, 15:38

Re: 14 de febrero. LAS PRIMERAS PÁGINAS DE LA NOVELA

—Qué bonito —dijo Marina, acariciando entre los barrotes el cuello de un cisne de jade jaspeado.

—¿Bonito? ¡No! Cosas tontas y brillantes, nada más —aseguró Caleb mientras se retorcía las manos con ansiedad—. Sólo eso. Tontas cosas tontas para el tonto Caleb. Nada que interese a los buenos cachorros de Samhein…

—No te las vamos a quitar —le aseguró Hector. Había cogido un espejo de mano de marco dorado y lo contemplaba aturdido. El cristal estaba resquebrajado y le devolvía su imagen multiplicada y fraccionada. En el torreón Margalar no había espejos y hacía semanas que no se veía la cara. Le sorprendió ver que su rostro no era tan redondeado como lo recordaba. Además, le había crecido bastante el pelo y, para su sorpresa, le había comenzado a salir un bigote casi imperceptible sobre el labio superior, más pelusa que vello de verdad. «¿Y tú quién diablos eres?», preguntó al extraño del espejo. «No te conozco… ¿Quién eres?».

—¿Qué es esto? —oyó preguntar a Ricardo.

Había sacado de una de las jaulas dos objetos cilíndricos y alargados que a Hector le recordaron vagamente a telescopios. Eran tubos de madera policromada de metro y medio de largo, con tapones dorados a rosca en los extremos. Ricardo desenroscó uno de ellos y al instante varios pergaminos enrollados se deslizaron fuera sin llegar a salir del todo. En cuanto los vio, Bruno se acercó, alerta siempre a la aparición de cualquier documento o libro que pudiera añadir a su creciente biblioteca mágica. Ricardo intentó extender una de las enormes hojas ante él, pero era tan poco manejable que sólo logró mantener abierta la parte superior. El pergamino estaba escrito a tres columnas, con una apretada letra en tinta roja y varias ilustraciones repartidas por su superficie. En una de ellas se veían varios hombres a caballo ante las murallas de una ciudad de muros negros. En otra, un grupo de seres demoníacos se despeñaba por un acantilado y por la expresión risueña de sus caras parecían felices de hacerlo. No eran dibujos nada afortunados.

—No está en el idioma que conocemos —dijo Ricardo—. Espera… Sí… —entrecerró los ojos—. Es parecido, muy parecido. Algunas palabras las comprendo pero hay muchas más que no entiendo…

—Es algún tipo de dialecto derivado o tal vez una primitiva forma del lenguaje —dijo Bruno con otro pergamino mal abierto entre sus manos—. En la torre de hechicería encontré varios libros escritos en esta lengua y de uno de ellos al menos existía una copia en el idioma que aprendimos en la fuente. Si no recuerdo mal, llevé ambos ejemplares al torreón…

—Si es así, podría intentar traducirlos —comentó Ricardo—. La cuestión es si merecería la pena hacerlo…
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Nota 14 Feb 2010, 15:38

Re: 14 de febrero. LAS PRIMERAS PÁGINAS DE LA NOVELA

Marina y Natalia habían abierto el otro cartucho y habían sacado varios pergaminos de su interior. Uno de ellos, de un tétrico tono rojo, parecía haberles llamado tanto la atención que estaban desenrollándolo entre ambas. Buena parte del grupo se dispuso a su alrededor conforme lo abrían. En la parte superior del pergamino, retratada con el mismo grado de detalle con el que ya la habían visto en tantas y tantas ocasiones, estaba la Luna Roja, con la línea del ecuador quebrada y agrietada. El resto de la página lo ocupaba un espectacular dibujo de la catedral oxidada. Sus pináculos y contrafuertes erizados se elevaban en el papel como una visión de pesadilla que a punto estuviera de traspasarlo. Todo el edificio parecía despedir un brillo extraño, un resplandor mezcla de sangre y fuego. Pero lo más espantoso de aquel dibujo no era la catedral en sí misma; lo más terrible era lo que estaba surgiendo de ella. De los muros y altas torres emergía un sinfín de siluetas oscuras. Eran formas difusas, fantasmales, que se filtraban a través de las paredes, ansiosas de libertad. Había pocas iguales. De la catedral surgían espectros contrahechos que se retorcían de un modo espantoso mientras se liberaban de la piedra, sanguijuelas hechas de oscuridad, monstruos informes y pesadillas aladas. De una de las torres centrales estaba escapando una criatura horrible, de cabeza gigantesca y brazos peludos terminados en largas garras afiladas. Hector reconoció sin problemas al espanto que tanto le había impactado en la plaza de la batalla petrificada.

Todas las criaturas que emergían de la catedral elevaban los brazos al cielo en una actitud de total reverencia hacia la luna que flotaba sobre ellos.

—¿Eso pasa cuando sale la Luna Roja? —preguntó Natalia—. ¿La catedral se pone a escupir monstruos? ¿Eso es lo que va a ocurrir?

Nadie contestó.

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Traducción al español por Huan Manwë